miércoles, 25 de noviembre de 2009
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.
Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas
que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.
Sordias tardes de enero pasaron frente a aquella mujer de tez pálida, quien miraba por detrás de la ventana como la vida daba saltos en grandes charcos, evitando mojarse los pies con las tristezas que yacían en el suelo, sin poder evitar ver como sus manos comenzaban a derramar vida en sangre por las frías y duras cadenas que la mantenían aferrada a aquella cama de antigua soldadura, quien amante de días y noches fue durante su vida eterna de sufrimiento en el eterno sueño, a pesar del reclamo de su mirada ella aun intentaba seguir en pie.
Su cuerpo fue tomado bruscamente por los años que la solían acorralar cada día y noche que pasaba; su piel tal como las tierras del desierto ya no gritaban lagrimas por aquella estrella que se apoderaba del añejo y polvoroso cuarto en los amaneceres del viejo lugar, sus labios eran caminos grises tallados por los días de sequia de sus desganados ojos, el secreto de su sonrisa pintada a mano era un enigma imposible de descifrar, cual fuese el motivo de su abúlica sonrisa existía algo que inquietaba aún más…


